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“Alguna vez un cliente nos contaba que en el Café Austria conquistó a la que ahora es su esposa. Uno se pone a pensar en el paso del tiempo, ya son 26 años de la presencia del Café Austria en la ciudad. Y de esas, hay muchas historias.”

Esas fueron las palabras de Mónica Lemus para referir lo que esta tradicional cafetería encierra. Momentos, lógicamente acompañados del deleite de café, postres y otros gustos. “El Café Austria pasó a manos de mi esposo Frank, que es de nacionalidad alemana, en el año 2003. Él es también fundador del Wunderbar y vino a Cuenca hace 25 años como cooperante del CIDAP. Decidimos adquirir el café porque su antigua propietaria -austriaca precisamente- iba a cerrar. En ese entonces, aún se encontraba en la Benigno Malo, y la verdad no había muchas cafeterías en Cuenca. Quisimos mantener el nombre porque estaba en todas las guías turísticas y era complicado todo el cambio”, cuenta Mónica.

¿Y cómo fue todo el tema de la mudanza del local? Están en la Bolívar desde hace unos cuatro años, porque el edificio en el que se encontraban antes se vendió. “De la noche a la mañana tuvimos que cambiarnos, nos preocupamos un montón. Caminábamos por ahí y nos encontramos con una amiga que tenía esta casa colonial, pero la casa estaba en restauración, en escombros. No íbamos a alcanzar en un mes. Pero nos gustó, porque las casas antiguas tienen una energía única. Tuvimos que hacer ampliaciones, murales, fue algo muy fuerte en ese tiempo. La remodelación tardó finalmente ocho meses, y nos trasladamos. Nosotros mismo decoramos, con los sofás, las mesitas de mármol. Hay unos cd´s de Putumayo Presents, yo colecciono esos discos y de ahí tomamos las ideas para los murales, que elaboró un artista cuencano”, relata M. Lemus.

Antes, el café abría hasta las seis de la tarde, aunque los clientes se adaptaron al cambio. Los dueños mantuvieron las tortas, pero incrementaron cosas en la carta. Sumaron opciones alemanas. “Adquirimos una excelente máquina de café, que los clientes alaban como el mejor en realidad y es un halago obviamente”, dice Mónica con una sonrisa. Y añade: “Nuestro público es cuencano, tenemos extranjeros pero son los cuencanos los que nos visitan a diario. Y como cuencanos, somos súper noveleros, cuando abren un local, todos nos vamos allá. Pero los clientes retornan, porque mantenemos la calidad. En nuestra carta el postre más apetecido es el strudel de manzana, seguido del cheescake. Hay clientes que aún no se atreven a probar ciertos platos, por ejemplo la col agridulce les parece extraña, pero es bueno que se arriesguen. A mí me encanta la trucha, nosotros la servimos frita, o como el cliente pida.

Conservan un sello característico del local: suena jazz o blues en la mañana para acompañar el café. Ocasionalmente, tienen shows, como una manera de enganchar a los jóvenes a descubrir el lugar. Los hijos mayores de Mónica también se han involucrado. “Este es un negocio muy lindo, a mí me gusta el contacto con la gente, acercarme, tener interacción con los clientes. El anhelo de nosotros es estar muchos años más, llegar a las nuevas generaciones”, dice.

En definitiva, nada como salir y toparse de frente con un café, postre y charla. ¿Vamos al Austria?

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